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29 jun 2026

OBSERVACIONES VIVIDAS

 ERAN TRES Y UNA SE FUE

El tintineo de las cucharillas contra el cristal y el murmullo difuso de la terraza se borraron de golpe cuando llegaron ellas. Eran tres. Una de ellas, una mujer mayor en silla de ruedas; las otras dos, su hija y una amiga, sostenían el peso de una realidad callada que ese día decidió gritar.
Y gritó con fuerza. Concha —así se llamaba— no gritaba por capricho, sino desde el laberinto de una mente que parecía desvanecerse en el olvido, tal vez habitada por el Alzheimer. Sus palabras no pedían un café ni una tarde de sol; pedían un regreso.
—¡Me quiero ir ya! —decía, con una desesperación que encogía el alma—. Ya es mi hora, me quiero mandar a mudar... Mi padre y mi madre me están esperando. ¡Que me quiero ir!
A su lado, la hija respiraba hondo. Admiré su templanza, esa paciencia infinita que solo nace del amor más puro y, a la vez, más doloroso. Con una calma que parecía sostener el mundo, le hablaba bajito, intentando traerla de vuelta a un presente que a Concha ya no le pertenecía.
—Hay que esperar, mamá... Papá ya llegará, estará pronto a buscarnos. Pero hay que esperar a que llegue el taxi.
—¡No! —replicaba Concha, perdiendo el control de sí misma, atrapada en un tiempo donde sus padres aún la esperaban al final del día—. ¡En taxi no! Me quiero ir ya, estoy cansada... Ya no quiero más.
El aire en la terraza se volvió denso, cargado de una impotencia flotante. Y de pronto, de la misma forma en que estalla una tormenta y se calma, Concha cerró los ojos y se quedó profundamente dormida, como si el viaje mental la hubiera agotado por completo. El silencio que quedó flotando era casi sagrado.
No pude quedarme inmóvil. Sentí el impulso irreprimible de acercarme, de romper la distancia invisible que a veces nos aísla de los demás en plena calle. Me levanté de mi mesa, me acerqué a la hija y, pidiéndole permiso con la mirada, le di un beso.
—Tiene una calma admirable para saber esperar— le dije, con el corazón en un puño.
La hija me miró. En sus ojos no había queja, solo una aceptación serena y honda. Me devolvió una frase que se me clavó dentro:
—Es lo que me toca... Además, en algún momento, todos llegaremos a vivir lo mismo.
Me di la vuelta y regresé a mi sitio, pero ya no era el mismo. Deseé con fuerza que, en su sueño, Concha hubiera encontrado por fin el camino a casa, ese lugar seguro donde sus padres la esperaban. Y mientras me guardaba las lágrimas, me quedé pensando en la fragilidad de la vida, en el amor incondicional que cuida hasta el final, y en esa tremenda verdad de que, tarde o temprano, a todos nos tocará buscar el camino de regreso.
Lange Aguiar
29 junio 2026- S/C de Tfe
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