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8 jun 2026

UN PEQUEÑO CUENTO CANARIO

 


Bentor tenía dieciséis años, hijo de una familia humilde y muy comprometida con la realidad del barrio donde vivían.   Era un joven inquieto, muy inteligente y con una mente que nunca se callaba. Vivía atrapado en la prisa del día a día, hasta que una tarde decidió cerrar los ojos y buscar algo diferente. Se sentó en silencio y se entregó a la meditación.
Al principio, su mente se llenó de un pensamiento tras otro: las tareas pendientes, las dudas sobre el futuro, las expectativas de los demás. Pero no se detuvo. Decidió bajar el ritmo y prestar atención a lo que pasaba en su interior. Fue entonces cuando el ruido cesó y dio paso al sentimiento puro. Una intensa emoción de paz, que nunca antes había experimentado, lo inundó por completo.

En ese estado de calma, Bentor experimentó un encuentro consigo mismo, una conexión tan profunda que sintió cómo se encendía una chispa de sabiduría en su interior. Fue un verdadero despertar; abrió los ojos al mundo con una mirada limpia, dándose cuenta de que sus acciones individuales cobraban un nuevo sentido cuando se unían a las de los demás. Ese segundo encuentro, esta vez con la realidad de su entorno, encendió en él un fuerte deseo de solidaridad.

Ya no bastaba con soñar; era el momento de la acción y del compromiso. Bentor se unió a un grupo de jóvenes de su barrio para transformar un terreno baldío en un huerto comunitario. Ese proceso de creación colectiva no solo transformó el paisaje, sino que trajo una nueva luz a su propia vida.

Mientras sembraba y trabajaba la tierra, sintió una vibración cálida en el corazón. Comprendió que su futuro no era una meta lejana, sino una proyección de lo que construía en el presente. Miró a su alrededor, a sus amigos sonriendo y trabajando juntos, y supo que el verdadero sentido de todo no era otro que compartir amor a través de lo más simple y de los hechos  cotidianos. 
Lange Aguiar, 6 de junio 2026