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2 jul 2026

HISTORIAS DE LEUGIN

 

LAS NOCHES de LA RANILLA 

La guagua de la mañana, era muy temprano, avanzaba serpenteando por la carretera del norte, pero mi mente se había quedado atrapada en la penumbra de la noche anterior. A través de la ventanilla, el paisaje de Tenerife pasaba como un borrón difuminado, idéntico al torbellino de pensamientos que me golpeaba el pecho. Sabía que me tocaba una semana entera en el turno de mañana en el quiosco de la plaza principal del Puerto de la Cruz, en el bullicio del Bar Dinámico, rodeado de tazas de café, prisas y el tintineo constante de los platos. Sin embargo, mi verdadero desvelo no estaba en las horas de luz que tenía por delante, sino en la incertidumbre de la semana siguiente, cuando el sol se ocultara y regresaran los turnos de tarde y noche pues tendría que volver de nuevo a pie los dieciséis kilómetros que separan el Puerto a mi casa de Icod.


El cuerpo me pesaba, no por el cansancio físico, sino por la expectativa del regreso. Aún no había olvidado lo que viví con el encuentro del asesino de jóvenes cuando regresaba a mi casa de madrugada. Aunque ya la policía lo había detenido, todavía tenia guardado en mi cerebro aquel momento de miedo del que escapé por puro milagro.

En el Bar Dinámico todos éramos chicos trabajando allí. Por eso, cuando, a la siguiente semana, llegó el cambio de turno y la noche volvió a caer sobre nosotros, la propuesta de uno de mis compañeros me pareció un bálsamo de generosidad. Sabía lo largo, oscuro y solitario que era el camino de vuelta a casa a esas horas de la madrugada.

— Leugim, si quieres puedes quédarte conmigo en la habitación que tengo alquilada en una pensión en la zona de la Ranilla, aquí cerca. —me ofreció, con una naturalidad que disipó cualquier alarma—. Así no tienes que caminar solo en mitad de la noche.

Acepté con la gratitud de quien confía ciegamente en la camaradería. Al dar las doce, tras limpiar la barra, recoger las mesas y dejar el local en silencio, caminamos juntos hacia el barrio de La Ranilla. El eco de nuestros pasos en las calles empedradas era el único sonido en la quietud nocturna. Entramos en la pensión y, al abrirse la puerta del cuarto, me encontré con una única cama grande. Sentí un leve reparo, una punzada intuitiva que intenté acallar de inmediato.

—Oye, Antonio que aquí  solo hay una cama, —le dije, midiendo el espacio con la mirada.
—No pasa nada, Leugim,  puedes descansar tranquilo, es una cama grande —respondió.
Su tono fue calmado, lo suficiente para infundir la seguridad que necesitaba. Me tumbé, me entregué al sueño y, por unas horas, el mundo se apagó.

El quiebro llegó en mitad de la madrugada, no con un ruido, sino con un tacto. Una mano extraña, ajena, se posó sobre mi cuerpo. Sentí sus dedos acariciando mi espalda, un recorrido lento que descendió con una firmeza invasiva por mi vientre hasta tocar mis genitales. El corazón me dio un vuelco violento; el aire se me congeló en la garganta. El susto me espabiló de golpe, despojándome de la inocencia en un solo segundo.

—¿Qué haces, Antonio? —le pregunté, con la voz quebrada pero firme, apartándome en la penumbra.
—Bueno Leugim ... supongo que te gustará, es que me atraes mucho y no lo puedo evitar —susurró él, con una calma que me heló la sangre—. Déjate experimentar sensaciones y situaciones nuevas, nadie se va a enterar.

Aunque físicamente me había desarrollado muy pronto y mi cuerpo aparentaba la madurez de un hombre, por dentro seguía siendo un joven- niño desprotegido que no deseaba, ni de lejos, formar parte de aquel escenario. Sentí una profunda oleada de rechazo y desamparo.

—No, no, para nada, Antonio. Por favor, respétame. No quiero hacer nada de eso, soy muy joven todavía y no quiero vivir esta experiencia. No me apetece.

Mis palabras, cargadas de una dignidad vulnerable pero inquebrantable, cortaron el aire de la habitación. Él se detuvo. Captó el límite infranqueable de mi negativa y se retiró dándose la vuelta en la cama. Me respetó el resto de la noche y no volvió a intentar nada. Pero el daño invisible ya estaba hecho. Algo se había roto de forma irreversible dentro de mí: la confianza ciega en el prójimo, esa coraza invisible que nos hace caminar seguros por el mundo, se agrietó para siempre. Aprendí, demasiado pronto, el frío sabor de la desconfianza. Que había que añadir a lo vivido una dias antes con mi encuentro con el asesino de jóvenes y que él sabia bien, pues lo había contado a todos mis compañeros de trabajo del bar dinámico. Precisamente movido por ello, supuse que quería protegerme de los terrores de la noche cuando caminara hacia mi ciudad de Icod, desde el Puerto de la Cruz al terminar mi trabajo en el turno de tarde -noche.

Los días siguientes fueron un calvario silencioso. Cumplí con la semana de trabajo en ese turno compartiendo el espacio con él bajo un pacto de silencio. Él me respetó, tal vez temeroso de que yo levantara la voz y delatara lo ocurrido, pero el ambiente se volvió asfixiante. Cada vez que entraba al Bar Dinámico, sentía una paranoia insoportable; me parecía que los demás me miraban de una manera extraña, como si conocieran el secreto de aquella noche, y percibía en los ojos de mi compañero Antonio un deseo contenido que me erizaba la piel.

No podía seguir allí. El espacio que antes era mi sustento se había transformado en una jaula de incomodidad y recelo. Así que, movido por el instinto de preservación, eché a andar hacia otros lugares, buscando una salida, un aire limpio donde respirar sin sentirme observado y  deseado... Quería buscar un nuevo empleo en otro establecimiento hotelero.

Caminé, pidiendo trabajo en diferentes lugares del Puerto de la Cruz, hasta encontrar un nuevo refugio en la cocina de un lugar que el tiempo y mi memoria ha bautizado como el Hotel Bélgica, pues hoy es un edificio de apartamentos. Entré allí como "freganchín" en la cocina del hotel, dispuesto a sumergir mis manos en el agua y el jabón, como si con ello pudiera limpiar también el rastro de aquella noche en La Ranilla. Sabía que la vida cambiaba de rumbo, y tras los muros de ese hotel, hoy desaparecido, estaba a punto de comenzar un nuevo capítulo de luces y sombras de mi historia que ya les contaré en un nuevo capítulo.

Lange Aguiar 1 de Julio 2026


1 jul 2026

HISTORIAS DE LEUGIM

El miedo de un cuchillo

La noche pesaba en Icod de los Vinos, pero pesaba más en mis hombros. Aún no había cumplido 13 años, una edad en la que los niños juegan en la calle, pero yo ya sabía lo que era el sudor y la responsabilidad pues antes de cumplir once año ya había empezado a trabajar. En este caso Llevaba un tiempo en aquel hostal ya desaparecido, un rincón muy cerquita de la sombra imponente del Drago y del aroma de los vinos de Tenerife—. Aquel día, el hostal se había desbordado: varias guaguas cargadas de turistas habían llegado de golpe.
Yo estaba completamente solo.
Desde las seis de la mañana, mis pequeñas manos no habían parado. Había llevado cafés, servido mesas en la cafetería, subido el servicio de habitaciones y atendido a cada cliente con la madurez que el hambre y la necesidad te obligan a tener. Al caer la noche, la cocina del hostal era el reflejo de una batalla: montañas de losa, platos y vasos sucios se acumulaban encima de todos los muebles, en el fregadero y en todas las mesas. Estaba exhausto, con el cuerpo molido, pero seguía allí, de pie sintiendo con pesar todo lo que tenía que fregar y limpiar.
En ese momento. Cuando ya me había dispuesto a ponerme manos a la obra a pesar de mi absoluto cansancio, la puerta se abrió de golpe. Era la dueña. Había estado todo el día fuera, en el sur de la isla, pues allí poseía un grupo residencial de bungalow turísticos, y acababa de llegar.
En lugar de ver el esfuerzo de un niño que había sacado adelante el trabajo de tres hombres, aquella mujer solo vio la losa sin fregar. Su voz estalló como el cristal rompiéndose contra el suelo. Empezó a gritarme, a insultarme, a escupir palabras hirientes que caían como latigazos sobre mí. Me acusaba de tener todo aquello abandonado, de ser un vago.
Yo la escuchaba en silencio, con la mirada perdida, sin entender tanta crueldad. ¿Acaso no veía que estaba solo? ¿Acaso no importaban las más de dieciséis horas de trabajo ininterrumpido? La rabia y la impotencia se me subieron al pecho, nublándome la vista. Mis manos, mecánicas, agarraron lo primero que encontraron dentro del fregadero donde estaba. No sabía qué era. Solo sentía una furia ciega que necesitaba liberar.
Con todas mis fuerzas, lo lancé.


Un estruendo seco vibró en la cocina. El objeto pasó rozando a la dueña y se clavó con fuerza en la madera de la puerta, justo a su lado. Era un cuchillo. Yo ni siquiera me había dado cuenta de lo que sostenía en las manos.
El silencio que siguió fue sepulcral. La dueña, pálida y temblando de susto, soltó un grito de puro terror. Yo, al ver el cuchillo clavado y comprender lo que acababa de pasar, me asusté tanto como ella. El miedo me devolvió las piernas y salí corriendo a buscar un refugio.
Me escondí en el primer lugar que encontré: un armario oscuro y estrecho. Fuera, la dueña y la cocinera empezaron a buscarme a gritos, “Leugim, Leugim sal de donde estés, vamos cobarde, da la cara y sal de donde te encuentres…” yo allí, dentro de aquel estrecho armario y con el corazón en la boca, sudaba y temblaba. No me encontraba bien. Sabía que había cometido un acto atroz . No comprendía que me había pasado, me dejé llevar por la ira. Podía haber matado a aquella mujer . Cuando los pasos se acercaron, yo temblaba de miedo y dolor; la puerta del armario se abrió de repente y mi instinto de supervivencia se activó; salté por encima de sus cabezas como un gato acorralado y salí corriendo. Corrí sin mirar atrás, escapando de la oscuridad del hostal, de los gritos y de la explotación a la que estaba sometido.
Llegué a mi casa corriendo sin parar, los tres kilómetros a la que se encontraba, jadeando, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Allí estaba mi madre. Como tantas otras noches, la casa estaba sumida en la penumbra, iluminada apenas por la titilante luz de un quinqué. Ella estaba allí, pensando, esperando con angustia mi llegada, como otras muchas noches, porque sentía que a su hijo lo tenían secuestrado en aquel trabajo que no le daba respiro.
Llorando, le conté toda la historia: los turistas, la losa, el cansancio, los insultos de la dueña y el cuchillo flotando en el aire.
Mi madre no lo pensó dos veces. El miedo por mí se transformó instantáneamente en una furia protectora. Cogida de mi mano y de la mano de una de sus hijas, mi hermana dos años mayor que yo, se presentó temprano, en la mañana siguiente, con rostro serio y decidido, en aquel lugar.
Cuando mi madre cruzó la puerta de aquel hostal, la timidez quedó fuera. Se plantó ante la dueña y empezó a alzar la voz, sin gritar, con autoridad y con una dignidad inquebrantable. Le cantó las cuarenta a la dueña, le reclamó que tenía a un niño que aún no había cumplido los 13 años trabajando como un esclavo, que me mantenía secuestrado en jornadas infinitas y que, para colmo, llevaba un mes entero trabajando sin cobrar ni un solo céntimo. Con el dedo en alto, la amenazó con demandarla y denunciarla ante las autoridades en ese mismo instante, mi hermana apoyaba las palabras de mi madre y yo, miraba a la dueña con mucho valor e indignación, había perdido el miedo.
La dueña, viendo la profunda y decidida valentía de aquella madre y sabiendo que estaba cometiendo un delito, reculó. El miedo cambió de bando. Sin rechistar, la mujer le pagó a mi madre cada céntimo que me debía y me dejo entrar a recoger mis cosas.
El regreso a casa fue muy diferente. Caminando bajo las nubes oscuras que amenazaban lluvia en Icod, miraba a mi madre con una ternura y una admiración impresionante.
Mi hermana me sonreía y admiraba también la valentía que ella había tenido para defenderme; me sentí protegido por los escudos más grandes que jamás habría imaginado.
Aquella mañana salí de allí con los bolsillos llenos, el corazón aliviado, feliz y profundamente agradecido con la mujer que me había devuelto mi dignidad y sintiendo el apoyo profundo de mi hermana.
Lange Aguiar-29
 Junio 2026