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22 ago 2026

20 ago 2026

PREGÓN DE LAS FIESTAS CNO TORNERO

 

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE SANTA ROSA DE LIMA
Barrio del Camino del Tornero, San Cristóbal de La Laguna

por Miguel Díaz Lange Aguiar


Buenas noches, vecinos, vecinas, amigos todos de esta tierra noble de este nuevo y viejo barrio.

Hay lugares que no se miden simplemente por los siglos que acumulan sus piedras, sino por la fuerza del latido de sus calles y por la memoria viva de quienes los habitan. El Camino del Tornero es uno de esos rincones donde la vida no se contempla desde la distancia de la historia lejana, sino que se construye cada mañana, paso a paso, con el esfuerzo de manos unidas y con la frescura inextinguible de lo que siempre renace.

Hablo hoy ante ustedes, no desde un afecto abstracto, sino desde una cercanía hondamente personal y sentida. Regresar a este barrio es, para mí, retornar a un territorio que guarda trozos indispensables de mi propio viaje literario y humano. Fue en estas mismas calles, bajo este cielo que hoy nos cobija, donde compartimos hace unos años la presentación de mi poemario Ser de luz, hijo de la Tierra. Aquí, donde la poesía dejó de ser solo tinta sobre el papel para transformarse en aire compartido, en diálogo sincero y en emoción palpada. En este barrio aprendí que las palabras cobran su verdadero y más profundo sentido cuando encuentran el eco de una comunidad generosa y acogedora. Guardo también en el corazón, con inmenso cariño, el honor de haber participado como jurado en la elección de la reina de nuestras fiestas; un momento único donde pude sentir de cerca el entusiasmo de tantas familias, la ilusión compartida y el brillo en las miradas de un pueblo que sabe celebrar la belleza, el trabajo colectivo y el encuentro.


Pero por encima de todo, hablar del Camino del Tornero es invocar la certeza inquebrantable de la amistad. Un hilo invisible pero indestructible me une a mujeres y hombres que son el alma verdadera de este lugar: a la memoria entrañable y siempre presente de amigos como Justo Reyes y Ángeles, a la constante entrega de Juan Ramón y a la luz limpia de Ana Gloria, a la bondad de Fermín y a la solidaridad y compromiso de Elías y a la de tantas vecinas y vecinos con quienes he tenido la dicha de compartir conversaciones sin prisa, abrazos francos e instantes que se quedan para siempre grabados en la memoria de la piel. Hoy una comision de fiesta de gente joven animada, creativa, comprometida que pone en marcha un programa lleno de riqueza cultural, festiva, alegre, creadora de comunidad y de convivencia entre vecinos y vecinas de todas las edades, y eso es crear esencia de vida y sociedad con orgullo de sentimiento de pertenencia e identidad.

Para entender la grandeza de esta comunidad hay que mirar hacia la tierra que pisamos y escuchar los nombres con los que el tiempo fue bautizando estos parajes. Estamos sobre una geografía con historia y con alma. Antiguas escrituras ya hablaban de estos parajes situados a la sombra protectora de las laderas del monte del Púlpito, de la majestuosidad de la montaña de La Atalaya y de la amplitud de los llanos de San Lázaro.

Nos encontramos asentados en una encrucijada de caminos históricos: bordeados por la carretera general, aquel kilómetro 152 por donde entre los años 1901 y 1956 vio pasar el traqueteo nostálgico del antiguo tranvía; lindando al norte con el municipio hermano de Tegueste y con la Cañada Lagunera —aquella misma que un lejano 3 de febrero de 1505, día de San Blas, Fernández de Lugo mandó a delimitar mediante mojones—; abrazados al oeste por El Portezuelo y al este por el entrañable barrio de Las Gavias.

¿Y de dónde nace el nombre que hoy nos une? Nace de la búsqueda del agua, ese bien sagrado que da la vida. En la zona del Tornero, en Tegueste, manaba una fuente histórica cuyos restos aún pervivieron en el tiempo y que alimentó de abasto a esta comarca. Por eso este camino comenzó a llamarse con la naturalidad del caminante: el camino hacia Tornero. Pero la identidad de un barrio no se impone desde fuera; la escriben sus propios habitantes. Recordamos hoy cómo entre los años 2010 y 2012, en un hermoso trabajo comunitario impulsado por la Asociación de Vecinos La Atalaya, la Asociación Juvenil Atalaya Joven, el apoyo asesor de la Universidad de La Laguna a través de Bellas Artes y la implicación de tantos vecinos a título particular, se realizó aquella consulta popular. Entre propuestas cargadas de historia local como La Hoya del Camello, La Atalaya o El Camino, los vecinos eligieron por una mayoría abrumadora el nombre con el que hoy nos presentamos con orgullo ante el mundo: el Barrio del Camino del Tornero. La semilla del esfuerzo y la devoción a Santa Rosa de Lima.

Nada de lo que hoy contemplamos existió sin sacrificio. La historia de este barrio es una lección magistral de dignidad y de unión. Debemos remontarnos a aquel mes de agosto de 1983, cuando un grupo visionario de hombres y mujeres, capitaneados por el recordado Juan José Hernández Pérez, decidieron plantar la semilla de la organización vecinal fundando la A.V.V. La Atalaya.

Eran tiempos difíciles, marcados por la escasez y las calamidades de un territorio olvidado. Tiempos en que no había agua potable en los grifos y era preciso transportarla desde el canal del Río Portezuelo-Las Mercedes, que bordeaba las laderas del Púlpito y La Atalaya; tiempos donde solo unas pocas casas contaban con luz eléctrica, donde las calles eran poco más que barranqueras y los servicios básicos brillaban por su ausencia. Pero donde faltaban las infraestructuras, sobraba el coraje, la solidaridad y la fe en el futuro.           

Fue precisamente en ese mismo año de 1983 cuando llegó a estas calles la imagen de nuestra patrona, Santa Rosa de Lima, y con ella comenzaron a florecer cada mes de agosto nuestras fiestas patronales. La devoción no fue solo una expresión espiritual, sino el motor que unió aún más a la comunidad. Recordamos con emoción cómo los propios vecinos reunieron peseta a peseta el dinero necesario para comprar el solar donde hoy se levanta nuestro Centro Ciudadano, un terreno que años más tarde cederían generosamente al Ayuntamiento para que el barrio tuviera su espacio de encuentro.

A partir de ahí, cada logro ha llevado el sello del esfuerzo compartido: el asfaltado del camino principal y de la calle Amanecer, la llegada del agua potable y el saneamiento —asumidos a partes iguales al cincuenta por ciento entre el Ayuntamiento y el bolsillo de los vecinos—, y la incansable lucha durante casi dos décadas para que se ejecutara el Proyecto Medioambiental Zona Tornero.
Sabemos bien que el Camino del Tornero sigue teniendo necesidades, que el Centro Ciudadano se ha quedado pequeño para un barrio que no ha parado de crecer, un espacio que se multiplica cada día siendo a la vez lugar de asambleas, aula de actividades, capilla de la Virgen y colegio electoral. Pero esa misma exigencia de equipamientos es el reflejo de que estamos ante un barrio vivo, un barrio que no se conforma y que sigue latiendo con ganas de progreso.

El Camino del Tornero es un barrio joven y lleno de vitalidad. Esa juventud no se mide únicamente en la edad de sus habitantes, sino en la actitud con la que se mira al mañana: la energía de quien sabe que está sembrando futuro en cada proyecto, en cada reunión asociativa, en el juego de los niños que llena nuestras plazas de un murmullo imprescindible y lleno de esperanza.

Celebrar la fiesta es, por tanto, mucho más que un paréntesis en la rutina. Celebrar es un acto de afirmación colectiva. Es el momento en que una comunidad se mira a los ojos, reconoce la historia recorrida y reafirma que nadie camina solo por estas veredas. Pertenecer no es solo ocupar un lugar en el mapa; es sentir que la memoria del barrio se construye con el abrazo, la mano tendida al vecino y la alegría compartida.

Y en el centro de esta mirada abierta, la figura de Santa Rosa de Lima. No como una imagen lejana o inalcanzable, sino como un símbolo de sensibilidad, de entrega al prójimo y de esa flor humilde y hermosa que es capaz de florecer con fuerza en medio de la sencillez. En su honor encendemos esta luz festiva, recordando que honrar a nuestra patrona es también celebrar nuestra propia humanidad y los lazos que nos unen.

Que estas Fiestas de Santa Rosa de Lima sean la casa común donde reencontrarnos, abrazarnos y mirarnos con el orgullo de lo que somos y de lo que hemos construido juntos. Que la poesía, la música, la palabra y la tradición sigan resonando con fuerza en cada rincón de este camino.

Ya para terminar, vaya un poema para esa señora santa de la orden tercera de santo Domingo es decir lo que conocemos con la orden dominica que murió muy joven y que fue ejemplo de amor para toda latinoamérica desde el siglo diecisiete y cuyo verdadero nombre es el de Isabel Flores de Oliva, y que fue conocida, por su encanto como la bella Rosa:


Santa Rosa en el Camino del Tornero

Bajo el cielo sereno de Lima floreció,
como un brote de luz en tierra fecunda,
pero quiso el destino que aquí renaciera,
en este barrio humilde que a tu manto se funda.

No vestiste las sedas de la vanidad,
sino el sayal sencillo de la devoción,
y hoy ese mismo manto, en esta fiesta,
es el pulso vivo de nuestro corazón.

En este pequeño barrio, refugio y altar,
las rosas abrieron su aroma divino,
y hoy en cada calle de Camino Tornero,
florece tu aroma en cada vecino.

Con tus manos supiste sanar al que llora,
al triste, al pobre en su duro caminar,
y hoy tus manos, Rosa, siguen siendo aurora
en cada puerta que se abre para ayudar.

Isabel en la cuna, Rosa en la fe,
patrona y madre de este barrio lagunero,
tu luz va guiando, como siempre se ve,
a la gente sencilla del Camino Tornero.

No estás solo en Lima, ni en ese lejano altar,
estás aquí, en lo nuestro, en lo cotidiano,
en la verbena, en el rezo popular,
en la mano tendida de un vecino hermano.

Rosa de Lima, Rosa de aquí,
humilde y eterna, bondad verdadera,
quédate por siempre en nuestro vivir,
siendo tu farol la guía de nuestra Espera

que enciende en nosotros la luz de nuestra Esencia.

¡¡¡Vecinos, vecinas!

¡Que comience la fiesta, que viva la gente del Camino del Tornero

y que viva Santa Rosa de Lima!!!

Muchas gracias.

20 de Agosto 2026

Miguel Díaz -Lange Aguiar

17 ago 2026

11 ago 2026

REEL: MIS CARAS Y MIRADAS.

 https://www.instagram.com/reel/Db3tm4OIsXL/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==

Mi cara, mi rostro, mis miradas y expresiones, 
mis sonrisas, mis despistes, mi olfato 
y expresión al ver un paisaje, 
que se refleja en mis pupilas.
Son la geografía exacta de quien soy 
cuando me olvido del resto del mundo. 
Un mapa vivo de asombros y silencios 
donde el horizonte deja de ser distancia 
para convertirse en refugio. 
Nada de lo que contemplo se queda afuera; 
todo lo que miro me habita, 
se amasa en mi piel 
y vuelve a nacer 
en el instante mismo 
en que decido admirarlo.
Lange Aguiar 2026
#langeaguiar
 #poesia #literatura 
#actecanarias
 #migueldiazlangeaguiar

Cliquea a AQUÍ o en el enlace si quieres ver el REEL

5 ago 2026

POEMAS NUEVOS. Y VUELVE EL MIEDO

 MIEDOS

Pienso en el miedo.

Y creo que no lo tengo.

Pero el miedo está dentro.

No es miedo a las sombras, 

a la oscuridad,

a la muerte, 

a los monstruos, 

al abismo...

No es ese miedo 

el miedo que me encadena,

el miedo que no me deja ser libre. 

Es un miedo a romper lo conocido,

a vivir la aventura a nuevos caminos.

Es el miedo a abrir heridas, 

a hacer daño.

Es el miedo a romper 

el confort, 

lo establecido, 

lo esperado, 

lo comprometido.

Es el miedo a volar,

a romper compromisos,

a decir no y abrir decepciones 

y romper mitos.

Es el miedo a no aceptar 

mis verdaderos miedos, 

a no querer ponerles rostros,

a no querer destapar sus velos.

Y es entonces cuando

cierro la caja y vuelvo a ocultar

mis verdaderos anhelos,

a no querer vivir experiencias. 

A no querer hacer 

para no  VER 

mis alas en el tiempo de espera, 

de mi tiempo sagrado de la tierra.

Seco mis lágrimas y guardo 

mi caja de los miedos... 

con nuevas cadenas.

Pero es necesario

limpiar mi basura

antes de comenzar

a romper mis miedos. 

Limpio mi caja de tierra,

de polvo, pero no quiero abrir  

la caja de mis miedos.

No estoy preparado

para afrontar heridas

de SERES a los que amo.

Lange Aguiar 

24 - Julio - 2025

3 ago 2026

Poemas Nuevos- PALABRAS

 El Baile de las palabras









Se pierden los objetivos,

se bailan al son de

las palabras sin sentido.

Se entra en el protagonismo,

se suple la esencia del

contenido.

Siento frustración por lo

que observo, lo que escucho,

lo que ofrecen las voces

en las ondas y las redes.

Incertidumbre, desesperanza,

y desilusión y me pregunto 

¿Por qué?

Lange Aguiar 

Dic-2025

2 ago 2026

Nuevos poemas íntimos

 Los días que no tienen nombre


Hay tardes que pesan.
No porque pase algo.
Sino porque no pasa nada
Y aun así duele.

Esa tarde me pasó.
Me senté en la orilla
La de mi cama.
Cerré los ojos fuerte,
Como si apretando
Sintiera un nudo
Sin pelea.
Eran sentimientos.
Eran versiones mías. 
Eran emociones 
Que no comprendía
Y me dieron ganas
De salir corriendo.
De correr para no pensar.
Correr para solo sentir.
Correr para que el cuerpo 
Se doblegara a los sentimientos
Me quedé.
No corrí.
Respiré tres veces.
La primera temblando,
La segunda a medias,
La tercera completa.
Y entendí algo:
No todo se tiene
Que nombrar
Para existir.
Y busqué palabras.
Las busqué con la boca,
Con las manos,
Con la cabeza.
Tenía algo adentro.
Una emoción interna,
Profunda,
En el pecho.
Si lo tocaba,
Lloraba.
Si no lo tocaba, también.
Y entonces pasó:
Los ojos se me rompieron
A llorar
sin aparente motivo.
Sin noticia mala,
Sin recuerdos.
Solo se abrieron
Las compuertas
Y ya.
Como si así pudiera
Empujar hacia afuera
Lo que tenía adentro.
Lo que guarda mi alma
Y no sabe cómo hacerlo.
Eran momentos guardados
En cajas sin etiqueta.
Que volvían a visitarme.
Bajé la cabeza.
Extraño.
Sabía que ese no era yo,
O al menos no
El  yo que muestro.
Cuando nadie mira.
El que solo habita
Ese estado,
Ese momento,
Y no pide explicaciones...
La tarde se fue alejando
Despacio,
Sin pedir permiso.
Cuando abrí los ojos,
El cuarto seguía igual.
Peleando conmigo.
Roto un poco.
Entero un poco.
Humano.
Y eso, por hoy,
alcanzó su gloria.

Lange Aguiar 26 de Julio 2026




29 jul 2026

POEMAS INTIMOS. PROFUNDIDADES

 Profundidades

Hay un barranco negro dentro 

del pecho,

una grieta honda que nadie

 más mira.

Allí donde el dolor se vuelve 

techo

y el aire pesa tanto cuando 

se aspira.

Son espinas de sombra, filosas, 

crueles,

que sangran por dentro, sin hacer 

ruido;

marcan a fuego la piel y 

sus pieles,

buscando el silencio de lo treguado 

huido.


Quisiera esconderlas, volverlas 

olvido,

negar que son mías, borrar 

su huella,

pero son la raíz de cuanto 

he vivido,

el lado oscuro que apaga 

la estrella.

A veces las busco, a veces 

las odio,

se alimentan despacio de mi 

propia esencia.

Sentarse de frente con 

este episodio

es mirar al abismo de la 

propia existencia.

No es fácil el paso, no es limpia 

la historia,

cuando la sombra te come

por dentro.

Pero aun en el daño, aun 

sin victoria,

en medio del vértigo... me reconozco y 

me encuentro.

Lange Aguiar 

 28 Julio 2026

28 jul 2026

MICRORRELATOS

La tarde

Esa tarde no pasó nada Y por eso lloré. Palabras que no salen, un nudo aquí que no sé nombrar. Cerré los ojos para no verme llorar sin motivo.  Adentro había cajas sin etiqueta: sentimientos, momentos, un yo extraño que no era yo. La tarde se fue alejando y me dieron ganas de salir corriendo. No para huir, Para no pensar, solo sentir.  Respiré. El cuarto siguió  en su sitio. Yo un poco menos roto.

                                

Bosque interno

Entré a mi bosque sin mapa. Había silencio y llanto sin razón. Quise explicar lo que guardaba el alma y la boca se me cerró.  Era solo un estado. Un momento que me habitaba y yo a él. La tarde se iba y con ella  mi fui yo también y salí igual, con las manos vacías y el pecho un poco más liviano.



26 jul 2026

Video poema: AQUÍ ESTOY


                                https://youtu.be/PYalVpED7eM?si=oToddn5cIploMvQa




23 jul 2026

El trascurrir del tiempo

 Cierras los ojos y, por un instante, el ruido del mundo desaparece.

Sientes un nudo opresivo en la garganta, un peso denso en el pecho compuesto por palabras que nunca salieron, emociones internas tan profundas que ni siquiera tú logras nombrar. De pronto, sin que medie ningún pensamiento lógico ni aparente motivo, la vista se te nubla y los ojos se rompen a llorar. La tibia humedad sobre las mejillas es el único desahogo de algo que supera a la razón.

Vuelves a apretar los párpados. Intentas buscar un orden, construir una frase sencilla para explicar qué te pasa, pero las palabras se te escapan entre los dedos. ¿Cómo expresar en un lenguaje cotidiano aquello que guardas en lo más hondo del alma si ni tú mismo sabes cómo hacerlo? Son solo sentimientos acumulados, destellos de momentos suspendidos, un poso de vida que ha quedado ahí, encallado.

Solo quieres dejarte llevar, bajar los brazos y rendirte a la sensación. Te sientes profundamente extraño, habitando una distancia inexplicable contigo mismo. Una certeza callada te dice que ese no eres tú, que esa melancolía ajena no te define; sabes que estás simplemente atravesando ese estado, viviendo un momento sin lógica ni respuestas.

A lo lejos, la tarde comienza a alejarse. El sol cae despacio, tiñendo el cielo de tonos dorados y sombras largas, avisando de que el tiempo no se detiene a esperar por tu claridad. Un impulso primario y urgente nace desde las entrañas: tienes ganas de salir corriendo. Huir de ti mismo, dejar atrás los porqués, dejar de pensar... y limitarte, por fin, a sentir.

Lange aguar 23 de Julio 2026

20 jul 2026

TE VERDE LITERARIO

 CÓMO ESCRIBIR UNA NARRACIÓN OBSERVANDO UN HECHO REAL:

Las monedas del acordeón

Caminaba por las calles de La Laguna, cerca de la iglesia de La Concepción. A mi alrededor había una dulcería, un museo, un bar y una cafetería llena de gente. Sin embargo, no buscaba entrar en ninguno de esos lugares. Solo observaba el ir y venir de las personas y decidí sentarme en un banco de la plaza para seguir observando.

En una esquina vi a una anciana sentada en el suelo, con la mano extendida pidiendo unas monedas. A pocos metros, un joven tocaba el acordeón con una gran sonrisa en su cara ganándose la vida. La gente pasaba deprisa: algunos miraban hacia otro lado, otros seguían su camino sin detenerse y muy  pocos se detenían ante el joven y le ponían en la gorra que había colocado en el suelo,  algunas monedas. Nadie ayudaba a la anciana. 

Cuando el joven terminó de tocar un par de canciones , que por cierto lo hacía de forma magistral, recogió la gorra con las monedas que había ganado, se acercó a la anciana y, sin decir una palabra, las dejó en su mano. La anciana lo miró con ternura y el le dedicó una hermosa sonrisa y se alejó con su acordeón al hombro, entonces comprendí que, a veces, quien menos tiene es quien más sabe compartir. 

Yo hice lo propio con la anciana y le seguí. Se paró al otro lado de la plaza de la Concepción, volvió a poner su gorra en el suelo, se descolgó el acordeón y se puso a tocar de nuevo. 

Me acerqué, le pedí permiso para darle  un abrazo, el cual él aceptó sorprendido y le puse en su mano el billete que llevaba preparado. Le pregunté de dónde era y me dijo que venezolano de la isla de Margarita. Él miraba  aquel billete, que superaba todas sus expectativas uña una vez tras otra y me preguntó ¿por qué? le respondí que su gesto con la anciana era mucho mayor que su acordeón y le di las gracias por enseñarme su alma y fue entonces cuando él me dio otro abrazo. 🫂 

Lange Aguiar . 20 de Julio de 2026




18 jul 2026

Viaje eterno

 A la Vida compartida contigo  en todos los tiempos

I

Antes del primer destello de las estrellas,

cuando el vacío era un lienzo sin trazar,

ya nuestras almas dejaban sus huellas,

predestinadas, por siempre, a amar.

II

Hemos sido polvo de estrellas en cielos lejanos,

reyes sin corona en tierras de olvido,

marineros de un mar de fuego soberano,

y extraños que un día el azar ha unido.

Cambiamos de forma, de piel y de acento,

habitamos planetas que el ojo no ve,

viajamos de prisa en el lomo del viento,

muriendo en un mundo, naciendo otra vez.

III

Pero no importa el disfraz de la historia,

ni el denso tejido de la realidad;

basta una mirada para hacer memoria,

basta un suspiro para la verdad.

 «Eres tú», susurra el alma en el pecho,

 mientras las barreras se empiezan a hundir.

El tiempo se dobla, se rinde el derecho

de toda distancia que intente insistir.

IV

Somos dos seres de luz encendida,

que no necesitan del sol su calor,

nos alimentamos de nuestra propia vida,

del brillo sagrado de un lazo mayor.

Cruzamos los versos de mil universos,

rompiendo las leyes de la gravedad,

en un infinito de mundos diversos,

tú y yo somos, siempre, la única verdad.

Lange Aguiar . 18 de Julio 2026




11 jul 2026

FAMILIA






UN Día en Familia
Bajo el amparo de un techo que abraza 
y paraguas que acogen  la lluvia,
se reúnen corrientes del mismo ADN y
lazos de sangre que el tiempo entrelaza,
desafiando la distancias ocurridas 
y el fino frio que nos abraza.
Es una hermandad de amor que crece,
un puente tendido entre generaciones,
donde el recuerdo antiguo permanece
y brotan nuevas, tiernas ilusiones.
Se comparten las edades en la mesa, 
de piñas y costillas,
más allá de las arrugas que dan calma,
pues la infancia viene decidida 
y firme, dejando su frescura en cada alma.
Miradas que confiesan vida compartida,
silencios que lo dicen todo sin hablar, 
pero sí compartiendo el flan, 
y demás postres de rico paladar.
En cada sorbo se escucha 
un eco de apoyo que alienta la vida
y una firme esperanza que invita a actuar.
Es el compromiso de andar el camino,
de saber que el refugio se mantiene fiel;
un encuentro sagrado, un mismo destino
escrito con tinta de afecto en la piel.
Y al despedirse, con el alma llena,
y la panza también,
se avanza con paso seguro y sereno 
para, felices, saber volver  y crecer
sabiendo, en la dicha y la pena, 
que en este andar no estamos solos
y que todos somos familia
en este vivo planeta
de experiencias compartidas.
Gracias por tanto y por todo. Abrazos. 
Seguimos compartiendo sueños
 y amor  a raudales.
Besos familia amada y elegida.
Lange Aguiar 11 Julio 2026


8 jul 2026

POEMAS ÍNTIMOS

 

Canto a la vida y a la muerte

En la profundidad de mi ser,
donde la luz se desvanece
y el silencio se hace inmenso,
nace un susurro de poesía.

Las palabras danzan en mi mente,
como mariposas en un jardín,
buscando ser plasmadas en versos,
anhelando ser eternas en el papel.

Las rimas se entrelazan en mis manos,
como hilos de seda en mi corazón,
creando un tapiz de sueños y anhelos,
una sinfonía de emociones y pasiones.

Los versos se deslizan en mis labios,
como ríos de palabras que no cesan,
resonando en cada rincón del universo,
envolviendo al mundo en su melodía.

Y de la pluma de mi alma surge,
con cada verso y cada estrofa,
un poema que habla de amor y dolor,
de esperanzas y desengaños.

Un canto a la vida y a la muerte,
a los sueños y a la realidad,
un refugio para el alma herida,
una ventana hacia la eternidad.

En cada palabra está mi esencia,
en cada verso, mi ser desnudo,
y así, en mis poemas voy dejando
pedacitos de mi corazón.

Lange Aguiar. 
 
2026

7 jul 2026

Construyendo Haykus

Mis 4 Haykus que destilan vida: 


Polvo y asombro,

un latido en la tierra,

luz que respira.


Sombra en la grieta,

el sol besa mi carne,

todo es camino.


Sangre que escribe,

en el ADN queda

el fuego vivo.


Miro hacia arriba:

soy voz de este planeta

frente al vacío.

Lange Aguiar. Julio 2926

5 jul 2026

POEMAS MARINOS


 El Lienzo del Horizonte


LIENZO MARINO

El oleaje se abraza a mi costa,

en un suspiro de espuma salada;

escucho la música que el agua entona

cuando el viento, de frente, le habla.


Me siento parte de esta inmensidad,

esencia pura que en la arena nace,

mirando estoy ese horizonte eterno

donde mi alma emocionada se complace.


El cielo se pinta de fuego antes del sol partir

con los matices con que la vida nos dibuja;

plasmando un espectáculo sin igual, un latir 

donde su belleza me sana y me acuna.


El océano se extiende ante mis ojos,

creando un puente hacia la calma

mientras la luz del atardecer hace su magia

y un rayo anaranjado me abraza el alma.


Siento la conexión profunda y sincera

al unirse  el cielo con la tierra en un abrazo,

y una paz infinita me llena por entero

como si yo fuera el propio trazo

de un lienzo perfecto y sin fin,

donde cada tarde, frente al mar,

vuelvo a nacer en mí.


Pero la luz se apaga y el frío me despierta,

el rumor del océano empieza a palidecer,

y al parpadear frente a la página desierta

veo a la mar desvanecer 

al despertar mi cerebro  un sueño

que tuve en  este  hermoso amanecer. 

Lange Aguiar

Julio 2026

Imagen de IA a partir de una fotografía

2 jul 2026

HISTORIAS DE LEUGIN

 

LAS NOCHES de LA RANILLA 

La guagua de la mañana, era muy temprano, avanzaba serpenteando por la carretera del norte, pero mi mente se había quedado atrapada en la penumbra de la noche anterior. A través de la ventanilla, el paisaje de Tenerife pasaba como un borrón difuminado, idéntico al torbellino de pensamientos que me golpeaba el pecho. Sabía que me tocaba una semana entera en el turno de mañana en el quiosco de la plaza principal del Puerto de la Cruz, en el bullicio del Bar Dinámico, rodeado de tazas de café, prisas y el tintineo constante de los platos. Sin embargo, mi verdadero desvelo no estaba en las horas de luz que tenía por delante, sino en la incertidumbre de la semana siguiente, cuando el sol se ocultara y regresaran los turnos de tarde y noche pues tendría que volver de nuevo a pie los dieciséis kilómetros que separan el Puerto a mi casa de Icod.


El cuerpo me pesaba, no por el cansancio físico, sino por la expectativa del regreso. Aún no había olvidado lo que viví con el encuentro del asesino de jóvenes cuando regresaba a mi casa de madrugada. Aunque ya la policía lo había detenido, todavía tenia guardado en mi cerebro aquel momento de miedo del que escapé por puro milagro.

En el Bar Dinámico todos éramos chicos trabajando allí. Por eso, cuando, a la siguiente semana, llegó el cambio de turno y la noche volvió a caer sobre nosotros, la propuesta de uno de mis compañeros me pareció un bálsamo de generosidad. Sabía lo largo, oscuro y solitario que era el camino de vuelta a casa a esas horas de la madrugada.

— Leugim, si quieres puedes quédarte conmigo en la habitación que tengo alquilada en una pensión en la zona de la Ranilla, aquí cerca. —me ofreció, con una naturalidad que disipó cualquier alarma—. Así no tienes que caminar solo en mitad de la noche.

Acepté con la gratitud de quien confía ciegamente en la camaradería. Al dar las doce, tras limpiar la barra, recoger las mesas y dejar el local en silencio, caminamos juntos hacia el barrio de La Ranilla. El eco de nuestros pasos en las calles empedradas era el único sonido en la quietud nocturna. Entramos en la pensión y, al abrirse la puerta del cuarto, me encontré con una única cama grande. Sentí un leve reparo, una punzada intuitiva que intenté acallar de inmediato.

—Oye, Antonio que aquí  solo hay una cama, —le dije, midiendo el espacio con la mirada.
—No pasa nada, Leugim,  puedes descansar tranquilo, es una cama grande —respondió.
Su tono fue calmado, lo suficiente para infundir la seguridad que necesitaba. Me tumbé, me entregué al sueño y, por unas horas, el mundo se apagó.

El quiebro llegó en mitad de la madrugada, no con un ruido, sino con un tacto. Una mano extraña, ajena, se posó sobre mi cuerpo. Sentí sus dedos acariciando mi espalda, un recorrido lento que descendió con una firmeza invasiva por mi vientre hasta tocar mis genitales. El corazón me dio un vuelco violento; el aire se me congeló en la garganta. El susto me espabiló de golpe, despojándome de la inocencia en un solo segundo.

—¿Qué haces, Antonio? —le pregunté, con la voz quebrada pero firme, apartándome en la penumbra.
—Bueno Leugim ... supongo que te gustará, es que me atraes mucho y no lo puedo evitar —susurró él, con una calma que me heló la sangre—. Déjate experimentar sensaciones y situaciones nuevas, nadie se va a enterar.

Aunque físicamente me había desarrollado muy pronto y mi cuerpo aparentaba la madurez de un hombre, por dentro seguía siendo un joven- niño desprotegido que no deseaba, ni de lejos, formar parte de aquel escenario. Sentí una profunda oleada de rechazo y desamparo.

—No, no, para nada, Antonio. Por favor, respétame. No quiero hacer nada de eso, soy muy joven todavía y no quiero vivir esta experiencia. No me apetece.

Mis palabras, cargadas de una dignidad vulnerable pero inquebrantable, cortaron el aire de la habitación. Él se detuvo. Captó el límite infranqueable de mi negativa y se retiró dándose la vuelta en la cama. Me respetó el resto de la noche y no volvió a intentar nada. Pero el daño invisible ya estaba hecho. Algo se había roto de forma irreversible dentro de mí: la confianza ciega en el prójimo, esa coraza invisible que nos hace caminar seguros por el mundo, se agrietó para siempre. Aprendí, demasiado pronto, el frío sabor de la desconfianza. Que había que añadir a lo vivido una dias antes con mi encuentro con el asesino de jóvenes y que él sabia bien, pues lo había contado a todos mis compañeros de trabajo del bar dinámico. Precisamente movido por ello, supuse que quería protegerme de los terrores de la noche cuando caminara hacia mi ciudad de Icod, desde el Puerto de la Cruz al terminar mi trabajo en el turno de tarde -noche.

Los días siguientes fueron un calvario silencioso. Cumplí con la semana de trabajo en ese turno compartiendo el espacio con él bajo un pacto de silencio. Él me respetó, tal vez temeroso de que yo levantara la voz y delatara lo ocurrido, pero el ambiente se volvió asfixiante. Cada vez que entraba al Bar Dinámico, sentía una paranoia insoportable; me parecía que los demás me miraban de una manera extraña, como si conocieran el secreto de aquella noche, y percibía en los ojos de mi compañero Antonio un deseo contenido que me erizaba la piel.

No podía seguir allí. El espacio que antes era mi sustento se había transformado en una jaula de incomodidad y recelo. Así que, movido por el instinto de preservación, eché a andar hacia otros lugares, buscando una salida, un aire limpio donde respirar sin sentirme observado y  deseado... Quería buscar un nuevo empleo en otro establecimiento hotelero.

Caminé, pidiendo trabajo en diferentes lugares del Puerto de la Cruz, hasta encontrar un nuevo refugio en la cocina de un lugar que el tiempo y mi memoria ha bautizado como el Hotel Bélgica, pues hoy es un edificio de apartamentos. Entré allí como "freganchín" en la cocina del hotel, dispuesto a sumergir mis manos en el agua y el jabón, como si con ello pudiera limpiar también el rastro de aquella noche en La Ranilla. Sabía que la vida cambiaba de rumbo, y tras los muros de ese hotel, hoy desaparecido, estaba a punto de comenzar un nuevo capítulo de luces y sombras de mi historia que ya les contaré en un nuevo capítulo.

Lange Aguiar 1 de Julio 2026


1 jul 2026

HISTORIAS DE LEUGIM

El miedo de un cuchillo

La noche pesaba en Icod de los Vinos, pero pesaba más en mis hombros. Aún no había cumplido 13 años, una edad en la que los niños juegan en la calle, pero yo ya sabía lo que era el sudor y la responsabilidad pues antes de cumplir once año ya había empezado a trabajar. En este caso Llevaba un tiempo en aquel hostal ya desaparecido, un rincón muy cerquita de la sombra imponente del Drago y del aroma de los vinos de Tenerife—. Aquel día, el hostal se había desbordado: varias guaguas cargadas de turistas habían llegado de golpe.
Yo estaba completamente solo.
Desde las seis de la mañana, mis pequeñas manos no habían parado. Había llevado cafés, servido mesas en la cafetería, subido el servicio de habitaciones y atendido a cada cliente con la madurez que el hambre y la necesidad te obligan a tener. Al caer la noche, la cocina del hostal era el reflejo de una batalla: montañas de losa, platos y vasos sucios se acumulaban encima de todos los muebles, en el fregadero y en todas las mesas. Estaba exhausto, con el cuerpo molido, pero seguía allí, de pie sintiendo con pesar todo lo que tenía que fregar y limpiar.
En ese momento. Cuando ya me había dispuesto a ponerme manos a la obra a pesar de mi absoluto cansancio, la puerta se abrió de golpe. Era la dueña. Había estado todo el día fuera, en el sur de la isla, pues allí poseía un grupo residencial de bungalow turísticos, y acababa de llegar.
En lugar de ver el esfuerzo de un niño que había sacado adelante el trabajo de tres hombres, aquella mujer solo vio la losa sin fregar. Su voz estalló como el cristal rompiéndose contra el suelo. Empezó a gritarme, a insultarme, a escupir palabras hirientes que caían como latigazos sobre mí. Me acusaba de tener todo aquello abandonado, de ser un vago.
Yo la escuchaba en silencio, con la mirada perdida, sin entender tanta crueldad. ¿Acaso no veía que estaba solo? ¿Acaso no importaban las más de dieciséis horas de trabajo ininterrumpido? La rabia y la impotencia se me subieron al pecho, nublándome la vista. Mis manos, mecánicas, agarraron lo primero que encontraron dentro del fregadero donde estaba. No sabía qué era. Solo sentía una furia ciega que necesitaba liberar.
Con todas mis fuerzas, lo lancé.


Un estruendo seco vibró en la cocina. El objeto pasó rozando a la dueña y se clavó con fuerza en la madera de la puerta, justo a su lado. Era un cuchillo. Yo ni siquiera me había dado cuenta de lo que sostenía en las manos.
El silencio que siguió fue sepulcral. La dueña, pálida y temblando de susto, soltó un grito de puro terror. Yo, al ver el cuchillo clavado y comprender lo que acababa de pasar, me asusté tanto como ella. El miedo me devolvió las piernas y salí corriendo a buscar un refugio.
Me escondí en el primer lugar que encontré: un armario oscuro y estrecho. Fuera, la dueña y la cocinera empezaron a buscarme a gritos, “Leugim, Leugim sal de donde estés, vamos cobarde, da la cara y sal de donde te encuentres…” yo allí, dentro de aquel estrecho armario y con el corazón en la boca, sudaba y temblaba. No me encontraba bien. Sabía que había cometido un acto atroz . No comprendía que me había pasado, me dejé llevar por la ira. Podía haber matado a aquella mujer . Cuando los pasos se acercaron, yo temblaba de miedo y dolor; la puerta del armario se abrió de repente y mi instinto de supervivencia se activó; salté por encima de sus cabezas como un gato acorralado y salí corriendo. Corrí sin mirar atrás, escapando de la oscuridad del hostal, de los gritos y de la explotación a la que estaba sometido.
Llegué a mi casa corriendo sin parar, los tres kilómetros a la que se encontraba, jadeando, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Allí estaba mi madre. Como tantas otras noches, la casa estaba sumida en la penumbra, iluminada apenas por la titilante luz de un quinqué. Ella estaba allí, pensando, esperando con angustia mi llegada, como otras muchas noches, porque sentía que a su hijo lo tenían secuestrado en aquel trabajo que no le daba respiro.
Llorando, le conté toda la historia: los turistas, la losa, el cansancio, los insultos de la dueña y el cuchillo flotando en el aire.
Mi madre no lo pensó dos veces. El miedo por mí se transformó instantáneamente en una furia protectora. Cogida de mi mano y de la mano de una de sus hijas, mi hermana dos años mayor que yo, se presentó temprano, en la mañana siguiente, con rostro serio y decidido, en aquel lugar.
Cuando mi madre cruzó la puerta de aquel hostal, la timidez quedó fuera. Se plantó ante la dueña y empezó a alzar la voz, sin gritar, con autoridad y con una dignidad inquebrantable. Le cantó las cuarenta a la dueña, le reclamó que tenía a un niño que aún no había cumplido los 13 años trabajando como un esclavo, que me mantenía secuestrado en jornadas infinitas y que, para colmo, llevaba un mes entero trabajando sin cobrar ni un solo céntimo. Con el dedo en alto, la amenazó con demandarla y denunciarla ante las autoridades en ese mismo instante, mi hermana apoyaba las palabras de mi madre y yo, miraba a la dueña con mucho valor e indignación, había perdido el miedo.
La dueña, viendo la profunda y decidida valentía de aquella madre y sabiendo que estaba cometiendo un delito, reculó. El miedo cambió de bando. Sin rechistar, la mujer le pagó a mi madre cada céntimo que me debía y me dejo entrar a recoger mis cosas.
El regreso a casa fue muy diferente. Caminando bajo las nubes oscuras que amenazaban lluvia en Icod, miraba a mi madre con una ternura y una admiración impresionante.
Mi hermana me sonreía y admiraba también la valentía que ella había tenido para defenderme; me sentí protegido por los escudos más grandes que jamás habría imaginado.
Aquella mañana salí de allí con los bolsillos llenos, el corazón aliviado, feliz y profundamente agradecido con la mujer que me había devuelto mi dignidad y sintiendo el apoyo profundo de mi hermana.
Lange Aguiar-29
 Junio 2026




29 jun 2026

OBSERVACIONES VIVIDAS

 ERAN TRES Y UNA SE FUE

El tintineo de las cucharillas contra el cristal y el murmullo difuso de la terraza se borraron de golpe cuando llegaron ellas. Eran tres. Una de ellas, una mujer mayor en silla de ruedas; las otras dos, su hija y una amiga, sostenían el peso de una realidad callada que ese día decidió gritar.
Y gritó con fuerza. Concha —así se llamaba— no gritaba por capricho, sino desde el laberinto de una mente que parecía desvanecerse en el olvido, tal vez habitada por el Alzheimer. Sus palabras no pedían un café ni una tarde de sol; pedían un regreso.
—¡Me quiero ir ya! —decía, con una desesperación que encogía el alma—. Ya es mi hora, me quiero mandar a mudar... Mi padre y mi madre me están esperando. ¡Que me quiero ir!
A su lado, la hija respiraba hondo. Admiré su templanza, esa paciencia infinita que solo nace del amor más puro y, a la vez, más doloroso. Con una calma que parecía sostener el mundo, le hablaba bajito, intentando traerla de vuelta a un presente que a Concha ya no le pertenecía.
—Hay que esperar, mamá... Papá ya llegará, estará pronto a buscarnos. Pero hay que esperar a que llegue el taxi.
—¡No! —replicaba Concha, perdiendo el control de sí misma, atrapada en un tiempo donde sus padres aún la esperaban al final del día—. ¡En taxi no! Me quiero ir ya, estoy cansada... Ya no quiero más.
El aire en la terraza se volvió denso, cargado de una impotencia flotante. Y de pronto, de la misma forma en que estalla una tormenta y se calma, Concha cerró los ojos y se quedó profundamente dormida, como si el viaje mental la hubiera agotado por completo. El silencio que quedó flotando era casi sagrado.
No pude quedarme inmóvil. Sentí el impulso irreprimible de acercarme, de romper la distancia invisible que a veces nos aísla de los demás en plena calle. Me levanté de mi mesa, me acerqué a la hija y, pidiéndole permiso con la mirada, le di un beso.
—Tiene una calma admirable para saber esperar— le dije, con el corazón en un puño.
La hija me miró. En sus ojos no había queja, solo una aceptación serena y honda. Me devolvió una frase que se me clavó dentro:
—Es lo que me toca... Además, en algún momento, todos llegaremos a vivir lo mismo.
Me di la vuelta y regresé a mi sitio, pero ya no era el mismo. Deseé con fuerza que, en su sueño, Concha hubiera encontrado por fin el camino a casa, ese lugar seguro donde sus padres la esperaban. Y mientras me guardaba las lágrimas, me quedé pensando en la fragilidad de la vida, en el amor incondicional que cuida hasta el final, y en esa tremenda verdad de que, tarde o temprano, a todos nos tocará buscar el camino de regreso.
Lange Aguiar
29 junio 2026- S/C de Tfe
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