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1 jul 2026

HISTORIAS DE LEUGIM

El miedo de un cuchillo

La noche pesaba en Icod de los Vinos, pero pesaba más en mis hombros. Aún no había cumplido 13 años, una edad en la que los niños juegan en la calle, pero yo ya sabía lo que era el sudor y la responsabilidad pues antes de cumplir once año ya había empezado a trabajar. En este caso Llevaba un tiempo en aquel hostal ya desaparecido, un rincón muy cerquita de la sombra imponente del Drago y del aroma de los vinos de Tenerife—. Aquel día, el hostal se había desbordado: varias guaguas cargadas de turistas habían llegado de golpe.
Yo estaba completamente solo.
Desde las seis de la mañana, mis pequeñas manos no habían parado. Había llevado cafés, servido mesas en la cafetería, subido el servicio de habitaciones y atendido a cada cliente con la madurez que el hambre y la necesidad te obligan a tener. Al caer la noche, la cocina del hostal era el reflejo de una batalla: montañas de losa, platos y vasos sucios se acumulaban encima de todos los muebles, en el fregadero y en todas las mesas. Estaba exhausto, con el cuerpo molido, pero seguía allí, de pie sintiendo con pesar todo lo que tenía que fregar y limpiar.
En ese momento. Cuando ya me había dispuesto a ponerme manos a la obra a pesar de mi absoluto cansancio, la puerta se abrió de golpe. Era la dueña. Había estado todo el día fuera, en el sur de la isla, pues allí poseía un grupo residencial de bungalow turísticos, y acababa de llegar.
En lugar de ver el esfuerzo de un niño que había sacado adelante el trabajo de tres hombres, aquella mujer solo vio la losa sin fregar. Su voz estalló como el cristal rompiéndose contra el suelo. Empezó a gritarme, a insultarme, a escupir palabras hirientes que caían como latigazos sobre mí. Me acusaba de tener todo aquello abandonado, de ser un vago.
Yo la escuchaba en silencio, con la mirada perdida, sin entender tanta crueldad. ¿Acaso no veía que estaba solo? ¿Acaso no importaban las más de dieciséis horas de trabajo ininterrumpido? La rabia y la impotencia se me subieron al pecho, nublándome la vista. Mis manos, mecánicas, agarraron lo primero que encontraron dentro del fregadero donde estaba. No sabía qué era. Solo sentía una furia ciega que necesitaba liberar.
Con todas mis fuerzas, lo lancé.


Un estruendo seco vibró en la cocina. El objeto pasó rozando a la dueña y se clavó con fuerza en la madera de la puerta, justo a su lado. Era un cuchillo. Yo ni siquiera me había dado cuenta de lo que sostenía en las manos.
El silencio que siguió fue sepulcral. La dueña, pálida y temblando de susto, soltó un grito de puro terror. Yo, al ver el cuchillo clavado y comprender lo que acababa de pasar, me asusté tanto como ella. El miedo me devolvió las piernas y salí corriendo a buscar un refugio.
Me escondí en el primer lugar que encontré: un armario oscuro y estrecho. Fuera, la dueña y la cocinera empezaron a buscarme a gritos, “Leugim, Leugim sal de donde estés, vamos cobarde, da la cara y sal de donde te encuentres…” yo allí, dentro de aquel estrecho armario y con el corazón en la boca, sudaba y temblaba. No me encontraba bien. Sabía que había cometido un acto atroz . No comprendía que me había pasado, me dejé llevar por la ira. Podía haber matado a aquella mujer . Cuando los pasos se acercaron, yo temblaba de miedo y dolor; la puerta del armario se abrió de repente y mi instinto de supervivencia se activó; salté por encima de sus cabezas como un gato acorralado y salí corriendo. Corrí sin mirar atrás, escapando de la oscuridad del hostal, de los gritos y de la explotación a la que estaba sometido.
Llegué a mi casa corriendo sin parar, los tres kilómetros a la que se encontraba, jadeando, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Allí estaba mi madre. Como tantas otras noches, la casa estaba sumida en la penumbra, iluminada apenas por la titilante luz de un quinqué. Ella estaba allí, pensando, esperando con angustia mi llegada, como otras muchas noches, porque sentía que a su hijo lo tenían secuestrado en aquel trabajo que no le daba respiro.
Llorando, le conté toda la historia: los turistas, la losa, el cansancio, los insultos de la dueña y el cuchillo flotando en el aire.
Mi madre no lo pensó dos veces. El miedo por mí se transformó instantáneamente en una furia protectora. Cogida de mi mano y de la mano de una de sus hijas, mi hermana dos años mayor que yo, se presentó temprano, en la mañana siguiente, con rostro serio y decidido, en aquel lugar.
Cuando mi madre cruzó la puerta de aquel hostal, la timidez quedó fuera. Se plantó ante la dueña y empezó a alzar la voz, sin gritar, con autoridad y con una dignidad inquebrantable. Le cantó las cuarenta a la dueña, le reclamó que tenía a un niño que aún no había cumplido los 13 años trabajando como un esclavo, que me mantenía secuestrado en jornadas infinitas y que, para colmo, llevaba un mes entero trabajando sin cobrar ni un solo céntimo. Con el dedo en alto, la amenazó con demandarla y denunciarla ante las autoridades en ese mismo instante, mi hermana apoyaba las palabras de mi madre y yo, miraba a la dueña con mucho valor e indignación, había perdido el miedo.
La dueña, viendo la profunda y decidida valentía de aquella madre y sabiendo que estaba cometiendo un delito, reculó. El miedo cambió de bando. Sin rechistar, la mujer le pagó a mi madre cada céntimo que me debía y me dejo entrar a recoger mis cosas.
El regreso a casa fue muy diferente. Caminando bajo las nubes oscuras que amenazaban lluvia en Icod, miraba a mi madre con una ternura y una admiración impresionante.
Mi hermana me sonreía y admiraba también la valentía que ella había tenido para defenderme; me sentí protegido por los escudos más grandes que jamás habría imaginado.
Aquella mañana salí de allí con los bolsillos llenos, el corazón aliviado, feliz y profundamente agradecido con la mujer que me había devuelto mi dignidad y sintiendo el apoyo profundo de mi hermana.
Lange Aguiar-29
 Junio 2026