LAS NOCHES de LA RANILLA
La guagua de la mañana, era muy
temprano, avanzaba serpenteando por la carretera del norte, pero mi
mente se había quedado atrapada en la penumbra de la noche anterior.
A través de la ventanilla, el paisaje de Tenerife pasaba como un
borrón difuminado, idéntico al torbellino de pensamientos que me
golpeaba el pecho. Sabía que me tocaba una semana entera en el turno
de mañana en el quiosco de la plaza principal del Puerto de la Cruz,
en el bullicio del Bar Dinámico, rodeado de tazas de café, prisas y
el tintineo constante de los platos. Sin embargo, mi verdadero
desvelo no estaba en las horas de luz que tenía por delante, sino en
la incertidumbre de la semana siguiente, cuando el sol se ocultara y
regresaran los turnos de tarde y noche pues tendría que volver de
nuevo a pie los dieciséis kilómetros que separan el Puerto a mi
casa de Icod.
El cuerpo me pesaba, no por el cansancio físico,
sino por la expectativa del regreso. Aún no había olvidado lo que
viví con el encuentro del asesino de jóvenes cuando regresaba a mi
casa de madrugada. Aunque ya la policía lo había detenido, todavía
tenia guardado en mi cerebro aquel momento de miedo del que escapé
por puro milagro.
En el Bar Dinámico todos éramos
chicos trabajando allí. Por eso, cuando, a la siguiente semana,
llegó el cambio de turno y la noche volvió a caer sobre nosotros,
la propuesta de uno de mis compañeros me pareció un bálsamo de
generosidad. Sabía lo largo, oscuro y solitario que era el camino de
vuelta a casa a esas horas de la madrugada.
— Leugim, si quieres puedes quédarte
conmigo en la habitación que tengo alquilada en una pensión en la zona de la Ranilla, aquí cerca. —me
ofreció, con una naturalidad que disipó cualquier alarma—. Así
no tienes que caminar solo en mitad de la noche.
Acepté con la
gratitud de quien confía ciegamente en la camaradería. Al dar las
doce, tras limpiar la barra, recoger las mesas y dejar el local en
silencio, caminamos juntos hacia el barrio de La Ranilla. El eco de
nuestros pasos en las calles empedradas era el único sonido en la
quietud nocturna. Entramos en la pensión y, al abrirse la puerta del
cuarto, me encontré con una única cama grande. Sentí un leve
reparo, una punzada intuitiva que intenté acallar de
inmediato.
—Oye, Antonio que aquí solo hay una cama, —le dije, midiendo el
espacio con la mirada.
—No pasa nada, Leugim, puedes
descansar tranquilo, es una cama grande —respondió.
Su tono fue
calmado, lo suficiente para infundir la seguridad que necesitaba. Me
tumbé, me entregué al sueño y, por unas horas, el mundo se
apagó.
El quiebro llegó en mitad de la madrugada, no con un
ruido, sino con un tacto. Una mano extraña, ajena, se posó sobre mi
cuerpo. Sentí sus dedos acariciando mi espalda, un recorrido lento
que descendió con una firmeza invasiva por mi vientre hasta tocar
mis genitales. El corazón me dio un vuelco violento; el aire se me
congeló en la garganta. El susto me espabiló de golpe, despojándome
de la inocencia en un solo segundo.
—¿Qué haces, Antonio? —le
pregunté, con la voz quebrada pero firme, apartándome en la
penumbra.
—Bueno Leugim ... supongo que te gustará, es que me
atraes mucho y no lo puedo evitar —susurró él, con una calma que
me heló la sangre—. Déjate experimentar sensaciones y situaciones
nuevas, nadie se va a enterar.
Aunque físicamente me había desarrollado muy pronto y mi
cuerpo aparentaba la madurez de un hombre, por dentro seguía siendo
un joven- niño desprotegido que no deseaba, ni de lejos, formar
parte de aquel escenario. Sentí una profunda oleada de rechazo y
desamparo.
—No, no, para nada, Antonio. Por favor, respétame. No quiero
hacer nada de eso, soy muy joven todavía y no quiero vivir esta
experiencia. No me apetece.
Mis palabras, cargadas de una dignidad vulnerable
pero inquebrantable, cortaron el aire de la habitación. Él se
detuvo. Captó el límite infranqueable de mi negativa y se retiró
dándose la vuelta en la cama. Me respetó el resto de la noche y no
volvió a intentar nada. Pero el daño invisible ya estaba hecho.
Algo se había roto de forma irreversible dentro de mí: la confianza
ciega en el prójimo, esa coraza invisible que nos hace caminar
seguros por el mundo, se agrietó para siempre. Aprendí, demasiado
pronto, el frío sabor de la desconfianza. Que había que añadir a
lo vivido una dias antes con mi encuentro con el asesino de jóvenes
y que él sabia bien, pues lo había contado a todos mis compañeros de
trabajo del bar dinámico. Precisamente movido por ello, supuse que
quería protegerme de los terrores de la noche cuando caminara hacia
mi ciudad de Icod, desde el Puerto de la Cruz al terminar mi trabajo en el turno de tarde -noche.
Los días
siguientes fueron un calvario silencioso. Cumplí con la semana de
trabajo en ese turno compartiendo el espacio con él bajo
un pacto de silencio. Él me respetó, tal vez temeroso de que yo
levantara la voz y delatara lo ocurrido, pero el ambiente se volvió
asfixiante. Cada vez que entraba al Bar Dinámico, sentía una
paranoia insoportable; me parecía que los demás me miraban de una
manera extraña, como si conocieran el secreto de aquella noche, y
percibía en los ojos de mi compañero Antonio un deseo contenido que me
erizaba la piel.
No podía seguir allí. El espacio que antes era
mi sustento se había transformado en una jaula de incomodidad y
recelo. Así que, movido por el instinto de preservación, eché a
andar hacia otros lugares, buscando una salida, un aire limpio donde
respirar sin sentirme observado y deseado... Quería buscar un nuevo empleo en otro
establecimiento hotelero.
Caminé, pidiendo trabajo en
diferentes lugares del Puerto de la Cruz, hasta encontrar un nuevo
refugio en la cocina de un lugar que el tiempo y mi memoria ha bautizado como el Hotel Bélgica, pues hoy es un edificio de apartamentos.
Entré allí como "freganchín" en la cocina del hotel, dispuesto a
sumergir mis manos en el agua y el jabón, como si con ello pudiera
limpiar también el rastro de aquella noche en La Ranilla. Sabía que
la vida cambiaba de rumbo, y tras los muros de ese hotel, hoy
desaparecido, estaba a punto de comenzar un nuevo capítulo de luces
y sombras de mi historia que ya les contaré en un nuevo capítulo.
Lange Aguiar 1 de Julio 2026