Bajo el amparo de un techo que abraza
y paraguas que acogen la lluvia,
se reúnen corrientes del mismo ADN y
lazos de sangre que el tiempo entrelaza,
desafiando la distancias ocurridas
y el fino frio que nos abraza.
Es una hermandad de amor que crece,
un puente tendido entre generaciones,
donde el recuerdo antiguo permanece
y brotan nuevas, tiernas ilusiones.
Se comparten las edades en la mesa,
de piñas y costillas,
más allá de las arrugas que dan calma,
pues la infancia viene decidida
y firme, dejando su frescura en cada alma.
Miradas que confiesan vida compartida,
silencios que lo dicen todo sin hablar,
pero sí compartiendo el flan,
y demás postres de rico paladar.
En cada sorbo se escucha
un eco de apoyo que alienta la vida
y una firme esperanza que invita a actuar.
Es el compromiso de andar el camino,
de saber que el refugio se mantiene fiel;
un encuentro sagrado, un mismo destino
escrito con tinta de afecto en la piel.
Y al despedirse, con el alma llena,
y la panza también,
se avanza con paso seguro y sereno
para, felices, saber volver y crecer
sabiendo, en la dicha y la pena,
que en este andar no estamos solos
y que todos somos familia
en este vivo planeta
de experiencias compartidas.
Gracias por tanto y por todo. Abrazos.

