Creando, construyendo, disfrutando lo que somos, experimentando lo que escribimos...

Bienvenido al blog de Lange Aguiar.
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Está permitido emocionarse, llorar, reir y, sobre todo SER, COMPRENDER y VIVIR.

27 ene 2009

LÍQUIDOS


¡PARA LA CAMA MAMÁ, PARA LA CAMA!

Te miro a los ojos mientras termino de beber una buena copa de vino en nuestra boda. El reflejo de tu mirada me traslada momentáneamente a otro lugar, a otro tiempo.

Desde que amaneció sentí que el día iba a ser diferente. Desde mi cama podía sentir los nervios de mis hermanas, el revuelo en la cocina de mi madre y el griterío de la gente en la calle. Me levanté rápidamente, sabía que ese día iba a ser muy especial. No me quería perder nada de lo que estaba ocurriendo desde tempranas horas de la mañana. Mi pequeño barrio era una fiesta. Se respiraba alegría. Se olía a ropa nueva. Las chicas más jóvenes cuchicheaban en la esquina de mi calle, justo al lado de la venta de doña Carmen, contándose los secretos de lo que se iban a poner esa tarde. Sus madres iban de casa en casa buscando los platos, vasos, copas cubertería…de los ajuares viejos, esos que se guardaban en las alacenas de todas las casa y que solo se sacaban de allí para algún acontecimiento importante y lo que se preparaba para este día lo era. Mi vecina, la alegre y hermosa Lola, se casaba. La costurera del pueblo. La que tanto cariño tenía por mi familia. La bella Lola celebraba la primera boda a la que yo asistiría. En mis nueve años de vida no había conocido ninguna novia. No había vivido una boda. No había experimentado esa emoción contenida en la vecindad, en mis amigos. No había olido tanto a ropa nueva, ni sentido tan cercano el coqueteo de la chicas, No conocía la profunda solidaridad y generosidad de los vecinos y vecinas para ayudar en los preparativos de tal acontecimiento festivo, desempolvando los muebles, sacando los mejores manteles calados y bordados que guardaban con tanto celo; organizando y llevando mesas y sillas a casa de Lola para los invitados. Guisar las papas, amasar el gofio, y cocinar el pescado salado con el aromático y fabuloso encebollado, labor en la que mi madre se entregó a fondo. Y, por supuesto, buscando las mejores botellas para llenarlas de vino blanco, “del sabroso vino de ICOD” ,- era lo que les oía decir a los mayores cuando lo bebían, mientras jugaban al envite en casa Carmen-. Vino blanco que desde aquel día me seria muy difícil olvidar, por todo lo que viviría después.

Al caer la tarde comenzó la ceremonia. Las lágrimas desbordadas de la madre de Pedro, el novio de Lola, los gemidos contenidos de Doña Carmen, la ventera. La sonrisa de mi madre, los sollozos de Doña Consuelo, la abuela de Lola. Y sobre todo la radiante y feliz cara de la joven costurera, son recuerdos que no me abandonan. A todos los niños y niñas nos pusieron juntos en una mesa del patio, bajo un gran parral. Yo era el mayor de todos ellos y no me sentía muy a gusto.. Junto a nuestra mesa pusieron la mesa de los más jóvenes. Al final me senté con ellos Me gustaba oír sus historias, sentir sus risas y experimentar sus sensaciones. Bebí con ellos. Era mi primera vez. Bebí y bebí sin control. No conocía bien ese “sabroso sabor”. Ellos me ponían un vaso tras otro. Al final me hicieron beber una mezcla de cerveza y vino que me amargó el estómago mientras se reían a mandíbula abierta por la expresión de mi cara. Lo demás lo recuerdo en nebulosa. Se que me levanté y fui a casa. No me sentía bien. Tenía los sentidos atrofiados. No coordinaba mis pensamientos. La visión se me nublaba. Mis piernas temblaban. No sé como llegué a mi cama, pero al tumbarme sobre ella todo se movía. La habitación comenzó a girar a mi alrededor. La cama no paraba de dar vueltas y sentí que un río inmenso estaba a punto de explotar en mi boca saliendo de lo más profundo de mis entrañas. Expulsé todo el agrio y asqueroso contenido que se agolpaba en mi garganta. Vomité sin parar inundándolo todo. Grité con toda mi fuerza. Lloré y sentí que todo se derrumbaba a mi alrededor. Aquel sabor asquerosamente ácido quemaba mi garganta, mi lengua, mis labios… No soportaba aquel olor que me envolvía. La cama seguía girando sin parar. Yo me agarraba con fuerza a la pared pero ésta también giraba a gran velocidad. ¡Mamá, mama, para la cama!, ¡Para la cama mama! ¡¡Párala!! Todo se volvió oscuro y caí en un profundo pozo al que jamás he querido volver.

Abro los ojos saliendo de mis recuerdos. Tu mirada fijada en la mía. Relajado te sonrío y tú me devuelves una maravillosa y plena sonrisa. Sé que no sabes a que recóndito lugar de la memoria viajó mi presente. Sé que no comprendes porque no quiero beber más de dos copas de vino en nuestra boda, pero también siento que te alegras por ello. Cruzamos nuestros brazos, rozando nuestras copas. Nos besamos. Un flash inmortaliza este momento mientras nos sumergimos en el sagrado sabor del líquido elemento que nos ofrece el “sabroso vino de Icod” para mí ya eterno.
LANGE AGUIAR

22 ene 2009

OLORES


PERFUME A MADERA, OLOR A SERRÍN

12 años, solo doce años y allí estaba frente a la puerta de la carpintería de Don Fernando. Mi madre a mi lado. Yo nervioso, enfadado, triste. Había perdido la gran oportunidad de mi vida:

- Su hijo vale mucho doña Mercedes, es el mejor de mi clase, El Ministerio Nacional de Educación lo ha seleccionado para una beca especial. Podrá seguir estudiando interno, entre los mejores de la isla, en el Centro de Enseñanzas Medias del Norte.

Yo sonreía. Mi madre lloraba. Su cara se iba tornando pálida. Su rostro sombrío. Respiró profundamente antes de hablar. Su respuesta, corta y sentenciadora, produjo un trueno en mi cerebro:

- No podrá ser don Joaquín, mi hijo empieza mañana a trabajar de aprendiz en la carpintería. Necesitamos su sueldo. Me he quedado sin mis 3 hijos mayores y sin mi marido. El chico es lo único que me queda en casa para conseguir algunas perras y dar de comer, aunque sea un poco, a sus cuatro hermanas y a su hermano más pequeño. Lo siento mucho. De verdad que lo siento mucho.

Sentí un fogonazo en mi corazón. Me partió el alma. Lloré de impotencia, tragándome las lágrimas. Tan mal me quedé que no fui consciente de lo que estaba pasando a mi lado hasta un buen rato después.

Mi madre me cogió de la mano, y casi arrastrándome, salió conmigo a toda velocidad del colegio. En la primera piedra del camino que pudo sentarse, descansó. Respiró profundamente. Me puso entre sus piernas y me abrazó con mucha fuerza, casi hasta asfixiarme. Sentí su llanto. Oí sus gemidos. Respiré su impotencia y frustración y volví de pronto a la realidad. ¡Ella tampoco estaba de acuerdo con lo que estaba pasando. Ella, mi madre, mi adorada y tierna madre, estaba también sufriendo por mí, por su soledad, por su hambre compartida!

Allí mismo, con el rostro empapado, no por mis lágrimas, sino por las de mi made, me juré que sería el hombre de la casa. Que ya no lloraría nunca más. Que tenía que sacar adelante a mi familia. Que tenía que ayudar a mi madre a afrontar la cruel realidad en la que mi padre nos había dejado cuando marchó a Venezuela años atrás y nos había olvidado unos años después. Mis hermanos mayores ya no estaban con nosotros. El mayor se había ido a buscar a mi padre y se casó allí. Otro se había casado, por poderes y también emigró a Venezuela con su suegra. El tercero de mis hermanos, estaba haciendo la jodida mili hacía un par de meses y nos habían dejado sin su sueldo. Odié en ese momento todo lo que tenia que ver con el ejército. Aún hoy, casi cincuenta años después, me dura ese sentimiento.

Animé a mi madre. Yo también la abracé con todas mis fuerzas. Quería que se calmara, que no sufriera más por mí:

- No pasa nada mamá, Ya habrá otro momento para estudiar. Ahora toca trabajar. Estoy preparado. Mañana empezamos. Tú me llevarás al lugar y me presentarás a Don Fernando el carpintero. A mi me gusta el olor de la madera, su perfume. La estela que deja el serrín en el suelo. Seré un buen aprendiz mamá. Ganaré mucho dinero para ti. Tendré mucho cuidado por ti y mis hermanos. Te quiero.

Entramos en la carpintería. El olor de la madera, del serrín de riga vieja, de las virutas del pino canario y de las estillas de tea se mezclaban en el denso aire del lugar, embriagando mi olfato. Ese olor marcaría mi adolescencia y me acompañaría toda mi vida.

Por eso hoy, camino del colegio, y por hacerle caso a una de las diabluras de mi mente, decidí dar un rodeo. Un largo rodeo. Quería sentir de nuevo el aire viciado de la carpintería del viejo Fernando. Oír el vibrar de su antigua sierra, Oler su fragancia. Sentir en mis pulmones el aire viciado de la madera trabajada que marcó para siempre mi futuro, y cambió el rumbo de mi existencia.
LANGE AGUIAR

19 ene 2009

DESPERTAR



SONIDOS DE VIDA. MÚSICAS DE SILENCIO

Abro los ojos pesadamente. La verdad es que no deseo abrirlos. Me gustaría seguir sintiendo, experimentando, ¡soñando!… que te escribo una carta que no llegará a ningún correo. Quiero seguir hablando contigo, ¡TÙ, eterno amigo de mis sueños!, pero la realidad me devuelve la conciencia del tiempo presente. El despertador de mi teléfono móvil, ese infernal invento al que nos hemos sometido tan rápidamente, suena con una música de ABBA, música de otros tiempos ya pasados, pero que a mi me gusta recordar o sentir que sigue vigente. Es el sonido que me recuerda que tengo que levantarme para realizar las tareas diarias que me obliga mi labor como docente.

Me cuesta levantarme. Me duele el cuello. Siento húmeda las sábanas, por el exceso sudor de la noche, algo movida, que experimenta mi cuerpo cada vez que tengo ese sueño recurrente de cartas y letras de fuego. El bello rayo de luz que entra por la ventana de mi habitación me hace sentir la plenitud del día que nace. De la belleza que tiene cada amanecer. De la lucha permanente entre la vida y la muerte; entre el ocaso y el nacimiento; entre las sombras de la noche y la luz del nuevo día que empieza; entre mi corazón y mi mente…

Respiro con fuerza. Mis músculos se oxigenan y doy gracias por seguir vivo, por seguir viendo, por seguir moviéndome, sintiendo la energía fluir por mis venas, experimentando un nuevo amanecer. Me levanto lentamente. Me acerco a la ventana a saludar al astro rey. Hace mucho tiempo, no recuerdo ya el día que empecé, realizo esta misma acción: corro las cortinas, miro al horizonte y, emocionado y con respeto, observo, a veces venero, el nacimiento de la esfera de luz que emerge triunfante de lo más profundo del mar de mi isla.

Agudizo los sentidos y mis oídos escuchan el hermoso canto de los pájaros que se cobijan en el bello cedro que existe en mi pequeño jardín. Ellos, como cada amanecer y cada atardecer, saludan y despiden al dios sol. Es un ritual diario al que no puedo ni quiero faltar. Una conexión extraña, invisible, pero real, me une a ellos en su canto. Mi alma se eleva y me mente se aquieta sin escuchar pensamientos, sin oír mis propias voces que hablan conmigo. Solo siento sus cantos que se funden con mi canto interno y curiosamente, es la música que me hace viajar por el silencio que en otros lugares busco y no encuentro.

Un intenso olor que penetra por mis sentidos, ahogando mi olfato, me dice que ya está el café a punto de ser tomado, que tengo que apurarme para salir al trabajo. Es la ventaja de vivir en esta sociedad moderna y tan avanzada, con esos relojes automáticos que lo programan ya casi todo., incluso a veces nuestras propias decisiones. Me lo tomo lentamente, saboreando su sabor. Me ducho con prontitud, me visto y con la sonrisa dibujada en mi cara salgo a vivir un día nuevo en el colegio, a tratar de interiorizar en mi ese presente, ¡dicen!, siempre eterno.
El ruido de la calle me lo hace un poco difícil, pero sigo luchando, intentando no alimentar las diabluras de mi mente.
LANGE AGUIAR

10 ene 2009

SUEÑOS



LETRAS DE FUEGO
Me encontraba allí en mi habitación que no era la mía, extrañamente volátil, sin sentir mi cuerpo. Con una pluma en mi mano como incrustada en el tiempo y doliente entre mis dedos. Escribía sin parar. Me sentía respirar, vibrar entre las letras, sumergido en un amarillento y pegajosos papel rescatado de un inexistente fuego.

Escribía a alguien, al que no recuerdo su rostro, pero sí su nombre: “Antes que nada quiero pedirte perdón Juan. Pedirte que me disculpes porque quizás aquella noche cuando estuvimos hablando no dije todo lo que tenia que decir. Por un lado quería hacerlo, pero por otro lado había algo en mi garganta que me impedía pronunciar las palabras adecuadas para expresar mis emociones, algo muy raro en mi...

Me has preguntado varias veces porqué quiero marcharme, porqué quiero irme de este planeta, y yo no he tenido la suficiente fuerza para decir toda la verdad. Me preguntaste qué me pasaba, que me notabas ausente y tampoco te dije toda la verdad. Ahora, escribiendo esta carta me tiemblan las manos porque no se como vas a reaccionar al leer todo esto, y eso me llena de incertidumbre y zozobra. Pero creo que es necesario que me desahogue, que libere mis emociones de este suplicio y a mi mente de este constante pensamiento. Ya se que mi alma y mi corazón se sienten seguros de lo que sienten, de cuales son las verdaderas razones de este sentimiento puro, noble y eterno que experimento al interior de mi cuerpo. Se que, además este sentimiento es compartido y que ese amor supera el tiempo de la tierra. Sabemos, intuimos, experimentamos que esa amistad es para siempre y que nos sentimos unidos a pesar de las distancias, los tiempos o los lugares que estemos o que tardemos en vernos. No es casualidad que nos definamos como amados amigos eternos. Sabemos con seguridad que cuando nos necesitamos uno del otro ahí estamos y que seguramente en algún momento haremos grandes cosas juntos, pero no se si será en este espacio tiempo que ahora no recuerdo.

Una vez te conté parte de mi vida, sentí la necesidad de hacerlo. Esa parte de mi vida que a veces me limita o que a veces no se si entiendo lo suficientemente. Esa parte de mi vida emocional, corporal, terrenal... que me marca y me hace ser tan humano, tan loco, tan visceral o pasional. Esa parte de mi vida que a veces reprimo, y que me cuesta controlar, pero que tanto me ha aportado en mi aprendizaje vital

Me he propuesto en la vida aprender de todos y de todo. Estar con los ojos bien abiertos. Buscar la verdad de cada cosa que escribo, en cada letra que leo, en cada beso que ofrezco.

Se me nubla la vista. Tu nombre se borra abrasado por el fuego. Quiero salir de la carta, que no me quemen sus letras de fuego. Grito por no poder salir del papel que me oprime la garganta. Abro lo ojos y un sudor frío recorre mi cuerpo humedeciendo la cama en la que duermo.
LANGE AGUIAR