UNA ORACIÓN AL MAR
El sonido de las olas rompiendo con fuerza contra la arena me acompaña mientras camino hacia la orilla. La tarde va cayendo en Canarias, en Punta Larga de Candelaria y el océano Atlántico se extiende ante mí como un espejo infinito, uniendo el cielo y la tierra. Busco este espacio de paz porque mi mente y mi corazón están llenos de preguntas, de una contradicción que me quema por dentro y que necesito soltar.
Me siento en la arena
húmeda, permitiendo que la brisa marina me acaricie la piel, y elevo
mi mirada y mi pensamiento hacia ti. Hacia ti, Yahvé, Papá Dios,
Madre creadora del amor. Sé que estás aquí, en la inmensidad del
mar, en el susurro del viento y en el latido de mi propio pecho.
Con el eco de la reciente visita del Papa León XIV a España, y más concretamente a nuestras islas, no puedo evitar que el contraste me sacuda. Te siento en mi interior, Señor, y te lanzo la pregunta que me da vueltas en la cabeza:
—¿Cómo puede,
dime Señor, un hombre solo movilizar la vida, movilizar a la gente,
concentrarla para llevarles un mensaje de amor a sus conciencias?
¿Cómo puede hacerlo para desarrollar comprensión, solidaridad,
amor, entrega, compasión y justicia, sin violencia, cuando resulta
que tiene un séquito de cientos y cientos de policías, de cientos y
cientos de seguridad, de altares alzados para reverenciarte en tu
nombre?
El mar brama con
suavidad, como si escuchara el peso de mis palabras., esa palabra internas que resuenan en mi alma.
—Va
pertrechado en una cabina de cristal, Señor. Se invierte en todo
lujo de detalles para poder ofrecer un homenaje a ese hombre que está
hablando en nombre de tu amor. Se le reverencia, se le trata como a
un emperador. Se gastan millones y millones de euros en todo este
viaje mientras la gente no tiene vivienda y muere de hambre, son
bombardeados niños y escuelas. Se hace todo el esfuerzo de sacar
dinero de donde sea para poder organizar un viaje en nombre de la paz
y del amor de un sacro pontífice . Y es ahí donde me quedo absorto,
sin comprenderlo del todo y siempre en tu nombre.
Quiero que me escuches bien, Madre creadora, Papá Dios; no hablo desde el odio ni el rencor. No estoy en contra de que venga, no estoy en contra de que esté aquí. Sé que es un jefe de Estado de una pequeña nación, ubicada en un territorio pequeño, pero que aglutina a cientos y cientos de millones de seres humanos en el planeta. Reconozco ese misterio y ese alcance. Pero no puedo evitar soñar despierto frente a este mar:
—¡Qué hermoso
sería si esa misma capacidad estuviera convocándose para decirle
"no" a la guerra! Qué hermoso sería, con esas
movilizaciones tan profundas, gritar con fuerza que los estados
dejen, en el nombre de no sé quién de matar y asesinar a niños
inocentes; que dejen, en el nombre de no sé qué, de arrasar con
territorios enteros, con países o con pueblos. Y ahí no puedo
seguir, siento señor que estas lágrimas que llenan mi rostro no
perturbe tu paz, pero sé que tú me escuchas , que mi alma me
escucha y que mi ESENCIA ME ABRAZA CON AMOR.
Una ola un poco más
fuerte moja mis pies y salpica mis manos y mi cara. Siento que es
como un abrazo tibio en medio de mi confesión. Suspiro
profundamente, dejando que el aire puro de la costa llene mis
pulmones, y concluyo mi diálogo contigo, sintiendo que mi voz se une
a la fuerza de la naturaleza:
—Qué hermoso sería que esa
capacidad de convocatoria pudiera revolucionar este planeta...
Millones de voces, unidas, gritando: ¡Sí al amor! ¡Sí al amor!
Me quedo allí,
sentado en la orilla, en la playa de este municipio de Candelaria
bajo el cielo de Canarias. El sol comienzas a esconderse, pero en mi
interior queda una claridad limpia. Sé que me has escuchado, SIENTO
QUE ME HE ESCUCHADO, porque el amor que reclamo para el mundo es el
mismo que siento vibrar en la inmensidad de este mar y en el fondo de
mi alma resucitada, y desde ese mismo amor que tú expresabas en el
calvario clavado a tu cruz de VIDA y a mi propia cruz de esta vida.